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Lema Bouzas. A pintora do Ulla. - Biografía

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Esperanza Lema Bouzas

Cuando Esperanza nació, todos los colores habían sido ya inventados. Durante su infancia las nieblas de Pontevea, arremolinándose junto al Ulla, y el mar de Noia, en la dulzura de mayo, hacían magia con la luz que jugaba entre los dedos de la niña. Desde que sus manos la tocaron, Esperanza ya no la dejó marchar. Ahora, hablar de Esperanza es hablar de luz y de color.

Le pregunté por sus primeros recuerdos ante un lienzo: Me habló de la escuela, del Colegio de las Trinitarias, de Noia, de la madre Asunción, que le enseñó el arte del dibujo y el color. Pero la verdad, confiesa mientras busca en la memoria como en la fuente de un río, no tiene una conciencia clara de una fecha, de un instante en el tiempo, de una primera vez. Pintó. Pinta. Pintaba. Pintará. Pinta con la misma naturalidad con la que respira o habla, camina o ríe. Es un acto espontáneo que la convierte en color, sin esfuerzo o voluntad.

Cuando Esperanza tenía solo 13 años, murió su madre. La muerte siempre traza líneas en la vida para hacer un antes y un después, para ordenar la memoria. Pero la muerte de la madre es una línea definitiva, ese punto que traspasamos para convertirnos en quien vamos a ser.

Esperanza, todavía niña, cogió el pincel como si fuese aquella mano que no se quiere soltar y de la mano del pincel continuó su vida.

Conoció entonces a los impresionistas recorriendo primero libros y después museos: Monet, Manet, Renoir... y son ellos los que definen la característica más importante de su pintura, porque igual que ellos, ella define la forma a través del color. Pero quien verdaderamente la conmueve es Van Gogh. Puedo recordar el entusiasmo con que una tarde me enseñó a mirar aquellas pinceladas, delante de un enorme lienzo en que se veían barcos atracados y donde cada tabla del muelle era un trazo genial y en apariencia caótico. Recuerdo como me contagió su devoción por Van Gogh, mientras se acercaba al cuadro con los brazos abiertos, corazón por delante, señalando el camino, como si conociese cada una de sus líneas.

Después del impresionismo, reconoce a Xavier Pousa Carrera e a Antón Abreu Bastos como maestros, y este último precisamente, fue quien la arraigó en la idea de que su pintura tenía un valor más allá de ser una pasión y la fuente de la que ella bebe para extraer la fuerza que necesita para vivir. Mucha fuerza.

Con 16 años conoció a Pedro Guitián en Santiago de Compostela. Ella estudiaba en San Pelaio y durante el mes de mayo iba del colegio hacia la iglesia con sus profesoras y compañeras para preparar el mes de las flores. Fue así, una vez más envuelta en color, como Pedro se fijó en ella. Entre todas las jóvenes que allí estudiaban, percibió aquel brillo. Comenzaron entonces una tierna ceremonia de cortejo por las calles de Compostela. Esperanza reconocía la mirada descarada de Pedro y los pasos que la seguían. Apresuraba su paso para llegar al colegio. Reían. Por las noches la directora de S. Pelaio llevaba a las niñas a dormir a un chalet en la calle de la Tafona. Era allí donde ellos burlaban a la cuidadora y donde, con la ayuda de las amigas de Esperanza, se encontraban. También allí se prometieron. Dos años después de conocerse, se casaron en la iglesia de Pontevea.

Inicio como artista

Al año siguiente nació el primero de sus cinco hijos.

La confianza con que Pedro creía en el valor de ella como artista, lo llevó a presentar un cuadro, sin decir nada, en el “Concurso de Artistas no Profesionales de A Coruña”, en el Centro de Iniciativas y Turismo. Era el año 1975 y Esperanza obtuvo el tercer premio.

En el 79 fue ella quien, cargando sus lienzos, se presentó en la “V Bienal de Pintura de Pontevedra” y fue seleccionada. En el 80, hubo cuadros de Esperanza en la “Mostra Plástica Galega”, llevados allí expresamente por Xavier Pousa.

Los años difíciles

Pero si la muerte de la madre traza una línea imposible entre el antes y el después, la enfermedad no es menos drástica. En el 81, con los cinco hijos por criar (entre los cinco y los 19 años), le diagnosticaron un cáncer de estómago al que ella misma no sabe todavía hoy cómo logró sobrevivir. Simplemente no se rindió. Después de ser diagnosticado, después de la operación, ella y su familia se mudaron a San Miguel de Sarandón, en Vedra. La comarca del Ulla es la tierra de su madre y buscó esta proximidad, tal vez, piensa, para morir. Desde los trece años Esperanza habla sin miedo con la muerte, pero a su alrededor crea una atmósfera en la que no es posible la demora, la espera, una atmósfera sin treguas. Existe en ella solo la vida que fluye. Por eso la enfermedad se inclinó ante esta mujer que blandía el pincel como una espada, y salió adelante. Sobrevivió sin que en la pintura quedase ni el rastro del dolor, la sombra del sufrimiento.

La vida

El paisaje que deja en los lienzos sigue siendo su entorno, pero ahora el Ulla será su modelo: las montañas azules, el otoño que brilla, el agua, las glicínias, los caminos, las iglesias que se pierden en la distancia haciendo matices en el gris de una mañana de niebla, los campos labrados, los árboles en flor, el invierno helado en las retamas y en los senderos. A veces la mano de Esperanza es solo el eco de su mirada, la manera en que las estaciones resuenan, la voz del paisaje que habla en ella. Incluso la pintura es escasa. Es entonces cuando toca la piedra y la hace hablar, saca de ella una maternidad, la madre omnipresente. O toca una raíz que la tierra pare y simplemente limpia la forma que late en las curvas de la materia. Toda materia es buena para transmitir lo que ella escucha, ese murmullo que oye cuando simplemente mira.

La finca Dozar, ese rincón de tierra engarzado en la Ulla donde ella vive, se ha convertido de hecho en su mayor y mejor obra. El paisaje, las paredes, el agua que corre, todo es obra de esa mano que sabe reconocer la fuente del color allí donde brota.